Cuentos Urbanos – Jessica Cedeño
Ésta columna reflejará las peripecias del caraqueño en sus momentos de esparcimiento en el interior y viceversa, todos son escritos de la cruda realidad pero considérenlo algo más que el reflejo de lo que no hemos visto, leído y contado, algo refrescante para la mente obstruida, la mayoría de estas historias son personales para un fin de humor y algunas veces de reflexión.
Capítulo 10: El ciclo infinito
Caminando por las calles de Caracas, en el centro, donde el caos es el inicio y la locura es el final, se encuentra Leida, caminando por la calle de la Av. Lecuna, viene caminando desde hace tiempo, proveniente de la plaza de los museos en Bellas Artes, pasando el tiempo perdida en el cielo, apaciguada por la vista, yace pacífica y atenta a lo que el viento le sopla; una idea, paciencia, paz,aliviarse de los problemas, teniendo en cuenta que son las 6:30 pm, hora algo peligrosa porque comienza a anochecer; pero ella descubre desde la esquina del Teatro Nacional una hermosa vista que la hace respirar más lento y con más regocijo, hallase bajo los efectos de la hermosura de los colores, las texturas, las diferentes variaciones, y fondos esplendorosos de un cielo tangente a la preocupación del momento.
Sus ojos lograban ver con mucha amplitud, el cielo como un bosque de nubes interesantes, primero el color del cielo era azul claro con roces de amarillo, rayitos que decoraban y bañaban de color a las nubes más cercanas; segundo los cúmulos que poseían un blanco hermoso, grueso de felicidad, que inspiraba confianza, los estratos que dividían el cielo en puntadas pinceladas de nubes, tercero, la irrealidad de los cirros y cirro estratos que pincelaban el cielo como una suma de muchos algodones que dejaban ver un cielo multi manchado como si un pintor hubiera realizado un árbol, la misma técnica dibujada por la misma naturaleza, hoy fue hermoso, ella embelesada por aquello se aseguró de mantenerlo en la mente y cerró sus ojos como si de lanzarse en cruz en una piscina se tratara, cerrando los ojos con cara hacia el cielo en el pavimento al cruzar la calle, donde podía sentir que los rayos del sol le pegaban.
Ese ciclo, mientras ella veía la hermosura en el cielo, se quedó palpito en su memoria y desde allí es un ciclo infinito en sus pensamiento quedó impregnado un existir definido, un amor espiritual por sentir la luz del sol tal cual planta enamorada del atardecer, tal cual como una princesa de los sueños, como una girasol en el campo, como un ave volando bajo, decidió convertirlo en algo que la llenara de calma en el desastre citadino, en la selva de cemento, en el terror eviterno de una ciudad en Caos, de un país destruido, y sus sueños se concentran en estar imaginando cada día un cielo hermoso que divaga como un ciclo infinito en su conciencia.
El amor hacia la naturaleza la dejó ver aún más un sendero y ocaso más hermosos en su vía a llegar a casa. Todos los días continua el recorrido para volver a ver ese maravillado cielo.
